Historias del ascensor (II): ¿Por qué hablamos del tiempo en el ascensor?

¿Cuántas historias nos perdemos por no lanzarnos a conversar?

Esta pregunta, que sugeríamos en el primer episodio de Historias del Ascensor, quizás no sea suficientemente certera. Es posible que la cuestión a responder sea por qué evitamos el contacto humano en el ascensor; por qué nos cuesta tanto abrirnos en ese metro cuadrado.

«¿Compartir ascensor con es@? ¡Ni loco!»

Ansiedad, claustrofobia o timidez: son estados válidos para describir lo que sentimos justo antes de soltar La Frase. Cinco palabras que derrumban cualquier atisbo de sociabilidad; que guionizan la conversación y la llevan hacia los derroteros de lo previsible, de lo más mediocre y mundano: ¿Qué calor hace hoy, no?

Una cuestión psicológica

Pero, ¿por qué tendemos a hablar del tiempo en el ascensor? Desde la web especializada en psicología ‘La Mente es Maravillosa’, para explicarlo, lanzan una serie de claves que nos parecen especialmente interesantes.

Por un lado, hay que tener en cuenta que este tipo de conductas -a la que desde hace años se le puede unir el hecho de mirar el movil-, se llaman conductas de evitación, pero no tardan en convertirse en lo que también se denomina como conductas de aproximación. Son, como cuentan en el artículo, «reacciones automáticas e instintivas grabadas en nuestro cerebro tras miles de años de evolución».

Y es que, tal y como se hace eco Alicia Escaño, la redactora del artículo, las investigaciones del psicobiólogo Dario Maestripieri de la Universidad de Chicago dictan que «las convivencias en lugares muy reducidos han sido sede de encuentros hostiles y vilentos desde el origen de la humanidad». Así, algo queda en nuestra genética que nos lleva a entender la pequeña superficie del elevador como un lugar en el que puede ocurrir una posible situación violenta.

Conductas de aproximación

La investigación de Darío Maestripieri llega tras hacer un experimento con monos reshus, un tipo de primate catarrino de la familia Cercopithecidae. Resulta que estos primates, cuando eran colocados en un espacio reducido, tendían a ponerse cada uno en una esquina, lo más alejados posible. Se aproximaban con cuidado, evitaban el contacto visual e incluso se enseñaban los dientes. Esto de enseñar los dientes, recuerdan en el artículo, es «uno de los precursores evolutivos de nuestra sonrisa» y un gesto de que no tienen intenciones de pelear. Una conducta de aproximación que tiene su reflejo en el ser humano.

Para nosotros, el equivalente a enseñar los dientes puede ser preguntar por el tiempo o sonreír. En definitiva, una forma de liberar tensiones y sociabilizar, mejor o peor, sin exponernos demasiado.

 

 

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